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sábado, 26 de febrero de 2011

EL SILENCIO DE LAS NORMAS


Una característica de nuestra matriz cultural es creer que los problemas pueden ser solucionados en base a dictar un cuerpo macizo de normas y leyes. Así, una educación en crisis requiere una reforma educacional; una salud en problemas requiere una nueva ley; una ciudad congestionada y contaminada requiere un nuevo transporte, y así, se legisla metódica y sistemáticamente.
 
El asunto es que tal proliferación de leyes hacen imposible su observancia y, menos, su fiscalización. En realidad, las leyes se generan de una manera automática por políticos y funcionarios insensatos, sin tomar en cuenta como la gente reaccionará ante estas nuevas disposiciones, y sin tomar en cuenta al que debe verificar su funcionamiento. De alguna manera, surge la duda razonable si todo este proceso “creador de legislaciones inútiles” no será nada más que un intento por justificar el trabajo de los que legislan.

“He participado –dicen los legisladores- en la generación de varios cuerpos de ley, y mis electores deben reconocerlo en las próximas elecciones…”. Así, hablan con frecuencia estos parlamentarios, pero, siempre, las leyes escritas y publicadas solemnemente en el Diario Oficial, y con escasas excepciones, son una mera  entretención de políticos, abogados, académicos y casos de estudio para escuelas de leyes (¡ que han surgido por doquier !) .

Hasta que algún funcionario diligente y trabajador encuentra una norma útil aplicada en otras circunstancias. Y, además, encuentra que está vigente.

La norma de los pescados crudos

Por ejemplo, en el año 1992, Guido Girardi, entonces, director del Servicio de Salud del Ambiente (¡ y así comenzó su carrera política ¡) creó una norma para prohibir la comercialización de pescados crudos, mariscos y verduras con el fin de contener una potencial epidemia de cólera.

Sin embargo, debido a una reciente intoxicación de clientes por consumir en un local de sushi, se encontraron problemas de higiene y en la cadena de frío, lo que llevó a la autoridad actual a desempolvar la norma del año 1992.

Y los fanáticos del sushi se declararon en guerra. Fulvio Rossi califica la medida como “una estupidez que no tiene justificación”; Guido Girardi dice que “es una norma un tanto anacrónica”; Pilar Sordo dice “lo que está pasando es una pena porque el sushi es rico y sano”; etc.

La cuestión es: ¿Cómo es posible que una norma sanitaria, suponiendo que fue dictada adecuadamente para la época, aún esté vigente?, ¡ y han pasado casi 20 años ¡

El silencio de las normas

Lamentablemente, la creación automática de normas-para-cualquier-cosa, genera normas que tienen las siguientes características:

Primero: Las normas tienen una total falta de sintonía con la realidad.

Las leyes y normas se crean de espaldas a la sociedad en la cual deben aplicarse; se crean en lindas oficinas de asesores, políticos y burócratas muy bien pagados, que no sufrirán su aplicación ni serán quiénes las apliquen. Además, una vez creada, se almacena y no se vuelve a hablar de ella.

Segundo: Las normas son inaplicables.

Las leyes y normas que creamos son una especie de ilusión de que tenemos el control. En realidad, la imposibilidad de aplicar muchas normas lleva a una sensación de que pasar por encima de la ley no tiene costos para los que la violan, y por parte de las víctimas, aumenta la frustración y desamparo.

Tercero: Las normas son creadas ideológicamente.

Las leyes y normas son creadas en una fábrica legislativa, desordenada e improvisada, que está dirigida por los que tienen el poder de turno. Así, tenemos que muchas normas tienen una carga ideológica tal que son papeles inútiles cuando cambia la gerencia de la fábrica.

Cuarto: Al final, las normas forman una maraña entramada

Así, este exceso de normas y leyes complica la aplicación, presenta conflictos de interpretación y minimiza su eficacia. Así, ¿qué hacer cuando rigen cientos de miles de disposiciones que provienen de las más diversas fuentes?. Como nadie es capaz de entender qué es lo que realmente está vigente, prima la confusión y la interpretación dudosa. Nos llenamos de estudios jurídicos, asesores legales y abogados, que hoy dicen AAA y mañana, la reinterpretan como BBB, que piden nuevas leyes, que modifiquen las antiguas, y así ad aeternum.

En realidad, cientos de normas generadas en nuestros 200 años de historia aún están vigentes y duermen en silencio, esperando a aquel diligente burócrata que la bese y la despierte del sueño centenario.

Un funcionario y burócrata, ya despertó la norma de los pescados crudos creada por algunos que todavía están en el poder, ¿Cuántas más están en silencio?.

Finalmente, debiéramos esperar que la ley sea lo más perfecta posible, es decir, lo más justa, válida y eficaz. Justa, en el sentido de traducir en el ordenamiento jurídico los reales principios que la sociedad valora; válida, en el sentido que esté vigente, vinculando a los ciudadanos entre sí y con las autoridades; eficaz, en el sentido que sea obedecida por todos y optimice las interrelaciones en la sociedad.

¿Será mucho pedir?

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